Imaginen un mundo donde para poder hablar debes comer las palabras primero y para hacerlo, debes comprarlas antes.

Y, como en todo lo que es comercio, hay calidades y calidades, subastas, promociones y un ¡compren por Dios!

Así que, oh là là, mientras más finas tus palabras, más costosas; si más útiles, más difíciles de encontrar.

¿Y si más amables?
¿Y si más corrientes?
¿No deben costarnos lo mismo, verdad?
¿No pagaríamos el mismo precio, cierto?

Parémonos en una vereda de Lyon, Francia, y pensemos en una sauce veloutée: antes de pasar por tus amígdalas tan madre salsa debes comprar primero las palabras que representan a los ingredientes y después ir al mercado. Voilà!

¿Y qué tal un Châteauneuf-du-Pape?

Bueno, el punto es que seríamos muy cuidadosos en nuestra cotidiana selección. No comeríamos cualquier cosa sino aquéllo que necesitemos para vivir, para darnos significado, identidad y propósito.

¿Qué comer?

“todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en ésto meditar”
Filipenses 4:8

Tenemos las mejores palabras a nuestra disposición, mejor que el mejor vino Châteauneuf-du-Pape (porque sabias que hablaba de un vino, no?) !: LA BIBLIA.

Cómela.

Es gratis.

Y tiene un rendimiento sobre la inversión insuperable! Inmejorable!

PD: saben qué? Ya me dio hambre.

Un abrazo de hermano a quienes me siguen!

Autor: Mauricio Garzón